El libro científico más polémico

En el año 1623, en plena eclosión de la ciencia moderna, llegó un nuevo Papa al Vaticano: Maffeo Barberini. O, como sería conocido desde entonces, Urbano VIII. Como Galileo, el nuevo Pontífice era florentino, y había elogiado públicamente al astrónomo por sus descubrimientos con el telescopio. Galileo había sido ya advertido, pero no aún censurado, tras publicar que la Tierra gira alrededor del Sol.

La elección de un Papa amigo animó a Galileo, quien se decidió a regalar al recién nombrado Urbano VIII una copia de su último libro, ‘Il Saggiatore’ (El ensayista). Al Pontífice le gustó el nuevo libro, por lo que Galileo fue un paso más allá y le pidió permiso para publicar su teoría sobre las mareas. Al no conocerse la ley de la gravedad, el científico toscano intentaba explicar las idas y venidas de los océanos como una consecuencia del movimiento de la Tierra. La teoría era errónea porque no tenía en cuenta el influjo de la Luna, pero el problema no era ese, sino que los argumentos presentados necesitaban que la Tierra se moviera alrededor del Sol.

Sólo el modelo cosmológico heliocéntrico de Copérnico avalaba la explicación que aventuró Galileo, lo que le llevó a presentar su obra como un ‘Dialogus de systemate mundi’ (Diálogo sobre los sistemas del mundo), nombre con el que fue publicada en Florencia en 1632. En ella se ridiculizaba el modelo geocéntrico ptolemaico y se ignoraba el más actual sistema geocentrista de Tycho Brahe, que había hecho algunas correcciones sobre el anterior para adaptarlo a los nuevos tiempos. El modelo de Brahe aunaba las recientes observaciones telescópicas con la vieja creencia en una Tierra estática, por lo que era el preferido de la Iglesia católica.

El libro de Galileo erraba en su intento de dar una explicación a las mareas y dejaba claro que el genial científico y astrónomo no había sido llamado por los caminos de la creación literaria. Aun así, la obra tenía un innegable acierto, que fue precisamente lo que más molestó a sus detractores: Galileo describía con precisión las cuidadas observaciones que había realizado con su telescopio, las cuales resultaban incompatibles con el sistema geocéntrico.

Un mensaje de Dios en la naturaleza

‘Dialogus de systemate mundi’ de Galileo. | E.M.

Estas observaciones habían pasado ya el filtro de la Inquisición cuando fueron publicadas por primera vez, en 1613, antes de que Roma emitiera su decreto anticopernicano. Los verdaderos problemas llegarían casi 20 años después, cuando reaparecieron para atacar al sistema ptolemaico en el Diálogo de 1632. Una obra de apariencia inocua, cuyo objetivo declarado era hablar del movimiento de los mares, se convertiría en el que posiblemente es -con permiso de Darwin y Freud- el libro científico más polémico de la historia, capaz de poner en jaque a toda una idea de la civilización, el ser humano y el cosmos.

Al año siguiente de su publicación, un nuevo decreto papal complicaría aún más las cosas para Galileo, a quien el Colegio Cardenalicio acabaríacondenando por herejía. Es posible que el Papa se sintiera traicionado porque Galileo no le dijo lo que iba a hacer realmente cuando le pidió permiso para escribir el libro, o que la Iglesia se viera cada vez más acorralada y quisiera imponer un castigo ejemplar que sirviera de aviso a los científicos. Ambas opciones no son excluyentes.

Tampoco hay que descartar que el pertinaz Galileo contribuyese a cavar su propia tumba. Sus acusadores se conformaban con que el científico admitiese que el sistema copernicano era tan solo una hipótesis que cuadraba bien con las observaciones. Lo cual, visto desde hoy, no era ningún disparate. Es cierto que el Sol está en el centro del Sistema Solar, pero éste no funciona del modo en que describieron Galileo y Copérnico. Desde la perspectiva de la ciencia contemporánea, podría decirse que la Iglesia tenía gran parte de razón, aunque por motivos contrarios a los que creyeron los inquisidores. El cosmos es mucho más grande y complejo de lo que se pensaba, y se parece aún menos a las descripciones bíblicas de lo que establecía el heliocentrismo. QuizáGalileo intuyó que se encontraba ante un ataque fundamentalista, aunque disfrazado con argumentos científicos, y no quiso ceder ante sus jueces; o quizá la ciencia estaba demasiado inmadura para darse cuenta de que hay muy pocas cosas sobre las que tengamos una certeza absoluta, y que empeñarse en defender un modelo preestablecido del cosmos es, de hecho, anticientífico.

Galileo buscaba en la ciencia un lenguaje equiparable al de las Sagradas Escrituras, que entonces eran el argumento último de autoridad. En una de sus más célebres sentencias, manifestó que Dios había escrito el universo en lenguaje matemático. Estaba convencido de que usar la razón y los sentidos para desvelar este mensaje era una labor con tanto valor teológico como interpretar la Biblia. Tanto las Escrituras como la naturaleza contenían un mensaje del creador, aunque uno estaba dirigido a la mente y el otro al corazón. Las leyes físicas y matemáticas del cosmos reflejaban para el toscano el justo orden de la obra divina, el pensamiento mismo del Creador.

Aunque resulte paradójico, lo cierto es que, en nuestro tiempo, esta visión está mucho más extendida en la Iglesia católica que en la ciencia profesional. Como recuerda Walter Brandmüller, presidente de la Comisión Pontificia de Ciencias Históricas, “cualquier especialista [en Teología] de hoy aprobaría en lo esencial” la postura de Galileo, que se basaba en los criterios de interpretación de la Biblia de San Agustín y otros teólogos clásicos. Muchos científicos de la actualidad rechazarían la interpretación que Galileo hacía de las leyes naturales, mientras que los teólogos de hoy bien podrían acusar a los inquisidores de haber confundido la Creación con un puñado de astros.

Geocentrismo, fanatismo e ignorancia

Galileo fue sentenciado a cadena perpetua, pero la condena se le conmutó por arresto domiciliario, de forma que pudo continuar con sus estudios hasta que empezó a tener graves problemas de salud. Tras caer enfermo, la Inquisición le permitió trasladarse a una villa cercana a Florencia para estar cerca de sus doctores. Allí murió en 1642. No está claro hasta qué punto el caso de Galileo asustó a otros astrónomos. Una vez que las tensiones entre protestantes y católicos se debilitaron, y la obra de Isaac Newton dio el empujón definitivo a la nueva ciencia, la Iglesia abandonó enseguida su férrea adhesión al geocentrismo.

Sin embargo, el lenguaje irreverente y burlón del Diálogo se le siguió atragantando durante algún tiempo. La prueba de ello es que el decreto contra Copérnico quedó oficialmente derogado en 1757, mientras que el libro de Galileo permaneció en el listado de publicaciones prohibidas hasta 1831. Para entonces, el sistema heliocéntrico ya estaba plenamente aceptado, aunque en una versión muy distinta a la que defendieron Galileo y su colega alemán Johannes Kepler.

Johannes Kepler

La Iglesia no tenía ninguna necesidad de situar a la Tierra en el centro del sistema solar para defender sus ideas, y sí tenía, en cambio, poderosos motivos para no enfrentarse al naciente método científico. El temprano empeño en defender el geocentrismo, del que Galileo fue víctima, pasaría a la historia como el paradigma del fanatismo y la ignorancia, a pesar de que Roma también realizó importantes esfuerzos a favor de la astronomía y la ciencia. “La Iglesia católica ha dado más apoyo financiero y social al estudio de la astronomía, durante más de seis centurias, que ninguna otra institución en el mismo tiempo, y, probablemente, que todas las demás instituciones juntas; esto ha sido desde la baja Edad Media hasta la Ilustración”, señala el historiador de la ciencia John L. Heilbron. Sin embargo, aún se recuerda a la Iglesia romana de estos tiempos como una furibunda enemiga de la ciencia, debido a que la errónea filosofía de la que partía acabó echando por tierra todos sus esfuerzos. Quizá esto sirva para contestar a una vieja pregunta que muchos científicos aún se hacen: ¿Para qué sirve la filosofía?

Los hallazgos de Galileo, si se contemplan desde la distancia, son tan geniales como, en el fondo, sencillos: los planetas no se mueven del modo en que anticipó un astrónomo egipcio llamado Ptolomeo, sino que lo hacen de otra forma. Si Galileo tuvo problemas, fue porque esta simple observación se entrometía en el sistema de valores dominante en su sociedad, algo que, en realidad, debió satisfacer enormemente a un espíritu rebelde como el suyo. La historia de su procesamiento, en su versión más simple y esquemática, se cuenta una y mil veces para defender toda clase de argumentos. Aunque, teniendo en cuenta la convulsa Europa en la que se desarrolló la revolución científica, quizás no le tocó la peor de las suertes al toscano. El fanatismo de quienes lo condenaron, si bien deplorable, parece un juego de niños comparado con el que sufrió, en la Alemania protestante, su colega Johannes Kepler.

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