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Stephen Hawking presentará su visión del Cosmos en Tenerife

 

El astrofísico Stephen Hawking, en una conferencia en la Universidad de Utrecht (Países Bajos) el pasado viernes.

El astrofísico Stephen Hawking, probablemente el científico más famoso del planeta, presentará su visión del Cosmos y el origen del Universo en la charla que ofrecerá con motivo de su participación en el Festival Starmus que se celebrará en septiembre en Tenerife.

“Es un sueño hecho realidad. Ha sido muy difícil porque la salud del profesor Hawking es muy delicada, pero a él le interesaba mucho participar y finalmente lo hemos conseguido”, ha declarado el astrofísico Garil Israelian, director del festival.

Hawking intervendrá en una fecha a concretar entre el 22 y el 27 de septiembre en el Auditorio de Tenerife con motivo de la segunda edición de Starmus, festival que se celebra en las islas de Tenerife y La Palma y en el que se combinan ciencia, arte y música. En su anterior edición, celebrado en 2011, participaron figuras de la talla del primer astronauta que pisó la Luna, el hoy fallecido Neil Armstrong, el biólogo darwinista Richard Dawkins y el guitarrista de Queen y astrofísico Brian May.

Según ha explicado Israelian, la conferencia de Hawking estará abierta a todo el público, al igual que el resto de actos, en los que de nuevo participarán los citados Dawkins y May, además de cosmonautas rusos como Alexei Leonov y astronautas estadounidenses como Charlie Duke, varios premios Nobel de la talla de Harold Kroto y Robert Wilson, y la directora del Centro de Investigación para la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI), Jill Tarter.

Un cartel de grandes figuras

El organizador de Starmus considera que la presencia de Hawking fuera del Reino Unido es un hecho insólito, y que cuando organizaba la segunda edición de este festival pensó en la dificultad de encontrar a alguien que estuviera a la altura de Neil Armstrong, el “cabeza de cartel” de la anterior edición.

Para conseguir que Hawking participara en Starmus, Israelian contó con la ayuda de sus amigos, el astrofísico Kip Thorne y el guitarrista de Queen (y también doctor en astrofísica) Brian May. Fueron ellos los primeros que hablaron al autor de Una breve Historia del tiemposobre el Festival Starmus.

Israelian reconoce que al principio parecía “impensable” poder convencer a Hawking de que participara en el festival, pero finalmente, tras dos “inolvidables” reuniones en Cambridge, lo consiguió. “Me dijo que sólo viajaría a Tenerife para participar en Starmus. Está muy interesado en escuchar todas las charlas y participar en los debates“, asegura Israelian.

El presidente del Cabildo de Tenerife, Carlos Alonso, ha recordado que Hawking tiene muchas dificultades para desplazarse, debido a que padece una enfermedad neurodegenerativa, está en silla de ruedas y precisa de un sistema de voz automatizado para comunicarse.

La previsión, según Alonso, es que el físico británico, autor de trabajos sobre los orígenes y la estructura del Universo, así como sobre el Big Bang y los agujeros negros, y de libros divulgativos tan famosos como Una breve historia del tiempo, El Universo en una cáscara de nuez, y El gran diseño, viaje en barco a Tenerife y permanezca en la isla en torno a un mes.

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La Tierra, cambios profundos en 2050

De los trópicos a los polos, el calentamiento global habrá transformado el planeta de forma incontestable en pocas décadas. Los impactos serán económicos y humanos

El calentamiento y los cambios del uso del suelo incrementarán el riesgo de grandes incendios forestales, como el de la semana pasada en California. / STUART PALLEY (EFE)

La geotransformación ha comenzado. El planeta Tierra está inmerso en un cambio insólito, por lo acelerado que, de una manera o de otra, con efectos diferentes aquí o allá, llega a todos los lugares. “A mediados de siglo las evidencias del cambio climático, en aspectos que ahora pueden no ser aún muy visibles, serán incontestables”, dice el experto Manuel de Castro. Muchos países no tendrán capacidad económica para poner en marcha medidas de adaptación que eviten los impactos más adversos. Los desarrollados seguramente sí, pero con un coste alto. En España, por ejemplo, solo la subida del nivel del mar hacia 2050, en algunas provincias, puede suponer un coste equivalente a entre el 0,5% y el 3% de su PIB, que llegaría al 10% a finales de siglo, según un reciente estudio liderado por Íñigo Losada, director de Investigación del Instituto de Hidráulica Ambiental de Cantabria.

Las temperaturas seguirán aumentando y, hacia 2050, la media global será entre uno y dos grados más alta que ahora, dependiendo de cuántos gases de efecto invernadero se emitan. “Y eso es mucho: hay que tener en cuenta que se ha fijado, el límite de dos grados de aumento, aproximadamente, desde la época preindustrial, como máximo a no superar para evitar las peores consecuencias, y a mediados de siglo estaremos muy cerca o ya en esos dos grados”, continúa De Castro, catedrático de Física de la Tierra de la Universidad de Castilla-La Mancha. Hay que tener en cuenta, recuerda, que desde la época preindustrial, hacia 1780, la temperatura media del planeta ha subido ya 0,8 grados y —no se cansan de repetir los científicos— no es que la Tierra no haya sufrido cambios climáticos en el pasado; al contrario, han sido abundantes, pero no hay registro de ninguno tan rápido como el actual. La gran novedad, además, es que en esta ocasión se debe a la actividad humana. “Es Física: se refuerza el efecto invernadero por las emisiones, sobre todo de los combustibles fósiles, y el planeta se calienta”, afirma taxativamente De Castro.

La convulsión del clima tiene múltiples manifestaciones, efectos y retroalimentaciones. “A mediados de siglo, el Ártico será un océano libre de hielo en verano, con importantes rutas de navegación y transporte marino, así como grandes puertos e infraestructuras asociadas”, describe Carlos Duarte, del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA, CSIC-UIB). Y más sobre el Ártico dentro de 50 años: “Muchas especies asociadas al hábitat del hielo, como el oso polar, focas, morsas y algas, se encontrarán en un estado crítico de conservación o se habrán extinguido, mientas que muchas otras, como el bacalao, gambas, bosques de algas y praderas submarinas se habrán extendido creando nuevos ecosistemas con nuevas funciones y servicios a la sociedad”, añade este oceanógrafo experto en los confines septentrionales de la Tierra.

Otra extensa parte de planeta que habrá cambiado dentro de unas décadas es la Amazonia, que puede sufrir una deforestación acelerada por el efecto combinado de las sequías prolongadas y los incendios, como muestra un trabajo publicado en Proceedings (Academia Nacional de Ciencias, EE UU) por Paulo Monteiro Brando (Instituto de Pesquisa Ambiental da Amazonia) y sus colegas. “Las interacciones entre el clima y los cambios del uso de la Tierra pueden desencadenar la extensa degradación de las selvas amazónicas; los incendios de alta intensidad asociados a los fenómenos meteorológicos extremos pueden acelerar esta degradación incrementando abruptamente la mortalidad de los árboles”, explicaban hace un mes.

El coste el algunas provincias en España estará entre el 0,5% y el 3% del PIB

Los estudiosos del clima puntualizan que las proyecciones climáticas no consisten en predecir el tiempo meteorológico que hará dentro de 50 años, en una semana concreta en una localidad determinada. No se trata de una predicción del tiempo a larguísimo plazo, sino de identificar los rasgos y de calcular los cambios del clima de la Tierra y sus posibles manifestaciones en la medida en que se vayan acumulando más o menos gases de efecto invernadero en la atmósfera. “La precipitación media global dentro de 50 años aumentaría entre un 5%, en el escenario más favorable de menor concentración de gases de efecto invernadero, y un 15% de incremento en el escenario más desfavorable”, resume De Castro. “Pero su distribución será muy desigual entre regiones. Como regla general, las zonas húmedas recibirán más precipitaciones y las áridas, tendrán menos lluvias, con pocas excepciones”.

Tampoco el cambio en las temperaturas será uniforme, de manera que habrá entre un 20% y 70% menos días de frío extremo respecto a los actuales, especialmente en latitudes altas, mientras que el número de días de calor realmente alto aumentará entre un 30% y un 250%, sobre todo en latitudes medias. Y la duración e intensidad de las sequías es probable que aumenten en regiones como la cuenca del Mediterráneo, Europa Central, Centroamérica, noroeste de Brasil y Suráfrica, apunta el catedrático de Castilla la Mancha. En la península Ibérica “los inviernos será un poco más suaves y, aunque seguirá habiendo días muy fríos, serán menos frecuentes; los veranos serán mucho más tórridos y las precipitaciones serán menos abundantes entre abril y octubre”.

Millones de personas notarán el cambio climático directamente en las regiones costeras que el mar, al subir, se habrá comido literalmente o erosionado mucho. Algunas islas, como varias del Pacífico, o las Maldivas, tendrán problemas serios de pérdida de habitabilidad por áreas sumergidas o por la salinización de acuíferos. Los deltas de los ríos se verán afectados, además de playas y costas en todo el mundo, con impacto enorme, por ejemplo, en el turismo.

“En España, el aumento del nivel del mar afectará a toda la costa. Será notable en el delta del Ebro o zonas bajas como la desembocadura del Guadalquivir o Huelva; el impacto será destacable también en puertos e infraestructuras costeras, incluso con pérdida de operatividad en muchos casos, y se perderá gran parte de las playas encajadas en las costas del Cantábrico y de la Costa Brava”, explica Losada. Advierte de que las grandes y dañinas tormentas que ha sufrido este invierno la costa norte española pueden ser más habituales dentro de pocas décadas.

Las zonas humedas tendrán más lluvia y las secas sufrirán más sequía

“La subida del nivel medio del mar desde 1900 ha sido de unos 20 centímetros, y los valores proyectados para 2050 están entre 24 y 29 centímetros más”, resume Losada. ¿Y ese crecimiento del agua, de dónde saldrá? La mayor parte, responde este experto, se debe a la expansión térmica del agua, la dilatación de un material que se calienta, pero también de la fusión de los glaciares y las masas de hielo en Groenlandia, Ártico y Antártida. “Por ejemplo, si se fundiera la masa de hielo que cubre Groenlandia, lo que sería posible excediendo temperaturas globales por encima de dos o cuatro grados respecto a la preindustrial, se estima una subida del nivel medio del mar global de hasta siete metros”, explica Losada. Pero eso sería, en todo caso, mucho más allá de finales del siglo XXI. De momento, las tres evidencias claras de cambio climático en el océano son: subida del nivel, calentamiento del agua y acidificación de la misma, con gran impacto en prácticamente todas las especies marinas y muy especialmente en los corales.

Los trópicos se están ampliando hacia latitudes cada vez más altas, y el proceso seguirá. No solo la frontera con las latitudes medias, determinada por la circulación atmosférica específica de la banda ecuatorial, se desplaza hacia el Norte y el Sur arrastrando sus condiciones de vientos secos y desiertos. Desde 1979, el cinturón atmosférico tropical se ha ensanchado entre 225 y 530 kilómetros, sumando el efecto en ambos hemisferios. Además, según han anunciado dos equipos científicos hace poco, la fase más intensa de los ciclones tropicales, como huracanes y tifones, se desplaza igualmente con el ensanchamiento del trópico. Las migraciones de millones de personas huyendo de las zonas más acosadas por la sequía serán seguramente una realidad dentro de 500 años.

Para finales de siglo, muchos de estos efectos del calentamiento global se habrán agudizado y otros habrán empezado a mostrarse con toda claridad. “Lo seguro es que dentro de 50 años ya no habráclimaescépticos”, concluye De Castro, “puesto que hará tiempo que las evidencias del calentamiento global antropogénico habrán llegado a ser absolutamente incontestables”.


Pronósticos para todo el planeta

Los expertos de la NASA resumen las proyecciones climáticas para las grandes zonas del planeta.

Europa. Aumenta notablemente el riesgo de inundaciones catastróficas en el interior. En las costas también habrá inundaciones más frecuentes y la erosión de agudizará por las tormentas y la subida del nivel del mar, se reducirán los glaciares en las áreas montañosas así como la cubierta de nieve en las latitudes altas. La pérdida de especies animales y vegetales será importante y se reducirá la productividad de las cosechas en el sur del continente.

América Latina. En general se registrará un reemplazo gradual de la selva tropical por la sabana en la Amazonia oriental, con un alto riesgo de pérdida de biodiversidad y extinciones de especies en muchas áreas tropicales, y cambios significativos en la disponibilidad de agua dulce para el consumo humano, la agricultura y la generación de energía.

América del Norte. Habrá una disminución de las nieves en las regiones montañosas occidentales, un incremento de entre el 5% y el 20% de las precipitaciones en algunas regiones agrícolas (lo que será favorable) y un incremento en la intensidad y frecuencia de las olas de calor en lugares que ya las sufren.

África. Ya a finales de esta década habrá entre 75 y 220 millones de personas expuestas al incremento de la escasez de agua dulce, pueden reducirse las cosechas que dependen de las precipitaciones hasta un 50% en algunas regiones y el acceso a la alimentación pude estar gravemente comprometido.

Asia. Especialmente en el sur, el centro, el este y el sureste, se reducirá la disponibilidad de agua dulce hacia 2050; extensas áreas costeras están en riego por el incremento de las inundaciones y en algunas regiones se esperan más y más intensas sequías.

La Tierra, cambios profundos en 2050 | Sociedad | EL PAÍS.

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El libro científico más polémico

En el año 1623, en plena eclosión de la ciencia moderna, llegó un nuevo Papa al Vaticano: Maffeo Barberini. O, como sería conocido desde entonces, Urbano VIII. Como Galileo, el nuevo Pontífice era florentino, y había elogiado públicamente al astrónomo por sus descubrimientos con el telescopio. Galileo había sido ya advertido, pero no aún censurado, tras publicar que la Tierra gira alrededor del Sol.

La elección de un Papa amigo animó a Galileo, quien se decidió a regalar al recién nombrado Urbano VIII una copia de su último libro, ‘Il Saggiatore’ (El ensayista). Al Pontífice le gustó el nuevo libro, por lo que Galileo fue un paso más allá y le pidió permiso para publicar su teoría sobre las mareas. Al no conocerse la ley de la gravedad, el científico toscano intentaba explicar las idas y venidas de los océanos como una consecuencia del movimiento de la Tierra. La teoría era errónea porque no tenía en cuenta el influjo de la Luna, pero el problema no era ese, sino que los argumentos presentados necesitaban que la Tierra se moviera alrededor del Sol.

Sólo el modelo cosmológico heliocéntrico de Copérnico avalaba la explicación que aventuró Galileo, lo que le llevó a presentar su obra como un ‘Dialogus de systemate mundi’ (Diálogo sobre los sistemas del mundo), nombre con el que fue publicada en Florencia en 1632. En ella se ridiculizaba el modelo geocéntrico ptolemaico y se ignoraba el más actual sistema geocentrista de Tycho Brahe, que había hecho algunas correcciones sobre el anterior para adaptarlo a los nuevos tiempos. El modelo de Brahe aunaba las recientes observaciones telescópicas con la vieja creencia en una Tierra estática, por lo que era el preferido de la Iglesia católica.

El libro de Galileo erraba en su intento de dar una explicación a las mareas y dejaba claro que el genial científico y astrónomo no había sido llamado por los caminos de la creación literaria. Aun así, la obra tenía un innegable acierto, que fue precisamente lo que más molestó a sus detractores: Galileo describía con precisión las cuidadas observaciones que había realizado con su telescopio, las cuales resultaban incompatibles con el sistema geocéntrico.

Un mensaje de Dios en la naturaleza

‘Dialogus de systemate mundi’ de Galileo. | E.M.

Estas observaciones habían pasado ya el filtro de la Inquisición cuando fueron publicadas por primera vez, en 1613, antes de que Roma emitiera su decreto anticopernicano. Los verdaderos problemas llegarían casi 20 años después, cuando reaparecieron para atacar al sistema ptolemaico en el Diálogo de 1632. Una obra de apariencia inocua, cuyo objetivo declarado era hablar del movimiento de los mares, se convertiría en el que posiblemente es -con permiso de Darwin y Freud- el libro científico más polémico de la historia, capaz de poner en jaque a toda una idea de la civilización, el ser humano y el cosmos.

Al año siguiente de su publicación, un nuevo decreto papal complicaría aún más las cosas para Galileo, a quien el Colegio Cardenalicio acabaríacondenando por herejía. Es posible que el Papa se sintiera traicionado porque Galileo no le dijo lo que iba a hacer realmente cuando le pidió permiso para escribir el libro, o que la Iglesia se viera cada vez más acorralada y quisiera imponer un castigo ejemplar que sirviera de aviso a los científicos. Ambas opciones no son excluyentes.

Tampoco hay que descartar que el pertinaz Galileo contribuyese a cavar su propia tumba. Sus acusadores se conformaban con que el científico admitiese que el sistema copernicano era tan solo una hipótesis que cuadraba bien con las observaciones. Lo cual, visto desde hoy, no era ningún disparate. Es cierto que el Sol está en el centro del Sistema Solar, pero éste no funciona del modo en que describieron Galileo y Copérnico. Desde la perspectiva de la ciencia contemporánea, podría decirse que la Iglesia tenía gran parte de razón, aunque por motivos contrarios a los que creyeron los inquisidores. El cosmos es mucho más grande y complejo de lo que se pensaba, y se parece aún menos a las descripciones bíblicas de lo que establecía el heliocentrismo. QuizáGalileo intuyó que se encontraba ante un ataque fundamentalista, aunque disfrazado con argumentos científicos, y no quiso ceder ante sus jueces; o quizá la ciencia estaba demasiado inmadura para darse cuenta de que hay muy pocas cosas sobre las que tengamos una certeza absoluta, y que empeñarse en defender un modelo preestablecido del cosmos es, de hecho, anticientífico.

Galileo buscaba en la ciencia un lenguaje equiparable al de las Sagradas Escrituras, que entonces eran el argumento último de autoridad. En una de sus más célebres sentencias, manifestó que Dios había escrito el universo en lenguaje matemático. Estaba convencido de que usar la razón y los sentidos para desvelar este mensaje era una labor con tanto valor teológico como interpretar la Biblia. Tanto las Escrituras como la naturaleza contenían un mensaje del creador, aunque uno estaba dirigido a la mente y el otro al corazón. Las leyes físicas y matemáticas del cosmos reflejaban para el toscano el justo orden de la obra divina, el pensamiento mismo del Creador.

Aunque resulte paradójico, lo cierto es que, en nuestro tiempo, esta visión está mucho más extendida en la Iglesia católica que en la ciencia profesional. Como recuerda Walter Brandmüller, presidente de la Comisión Pontificia de Ciencias Históricas, “cualquier especialista [en Teología] de hoy aprobaría en lo esencial” la postura de Galileo, que se basaba en los criterios de interpretación de la Biblia de San Agustín y otros teólogos clásicos. Muchos científicos de la actualidad rechazarían la interpretación que Galileo hacía de las leyes naturales, mientras que los teólogos de hoy bien podrían acusar a los inquisidores de haber confundido la Creación con un puñado de astros.

Geocentrismo, fanatismo e ignorancia

Galileo fue sentenciado a cadena perpetua, pero la condena se le conmutó por arresto domiciliario, de forma que pudo continuar con sus estudios hasta que empezó a tener graves problemas de salud. Tras caer enfermo, la Inquisición le permitió trasladarse a una villa cercana a Florencia para estar cerca de sus doctores. Allí murió en 1642. No está claro hasta qué punto el caso de Galileo asustó a otros astrónomos. Una vez que las tensiones entre protestantes y católicos se debilitaron, y la obra de Isaac Newton dio el empujón definitivo a la nueva ciencia, la Iglesia abandonó enseguida su férrea adhesión al geocentrismo.

Sin embargo, el lenguaje irreverente y burlón del Diálogo se le siguió atragantando durante algún tiempo. La prueba de ello es que el decreto contra Copérnico quedó oficialmente derogado en 1757, mientras que el libro de Galileo permaneció en el listado de publicaciones prohibidas hasta 1831. Para entonces, el sistema heliocéntrico ya estaba plenamente aceptado, aunque en una versión muy distinta a la que defendieron Galileo y su colega alemán Johannes Kepler.

Johannes Kepler

La Iglesia no tenía ninguna necesidad de situar a la Tierra en el centro del sistema solar para defender sus ideas, y sí tenía, en cambio, poderosos motivos para no enfrentarse al naciente método científico. El temprano empeño en defender el geocentrismo, del que Galileo fue víctima, pasaría a la historia como el paradigma del fanatismo y la ignorancia, a pesar de que Roma también realizó importantes esfuerzos a favor de la astronomía y la ciencia. “La Iglesia católica ha dado más apoyo financiero y social al estudio de la astronomía, durante más de seis centurias, que ninguna otra institución en el mismo tiempo, y, probablemente, que todas las demás instituciones juntas; esto ha sido desde la baja Edad Media hasta la Ilustración”, señala el historiador de la ciencia John L. Heilbron. Sin embargo, aún se recuerda a la Iglesia romana de estos tiempos como una furibunda enemiga de la ciencia, debido a que la errónea filosofía de la que partía acabó echando por tierra todos sus esfuerzos. Quizá esto sirva para contestar a una vieja pregunta que muchos científicos aún se hacen: ¿Para qué sirve la filosofía?

Los hallazgos de Galileo, si se contemplan desde la distancia, son tan geniales como, en el fondo, sencillos: los planetas no se mueven del modo en que anticipó un astrónomo egipcio llamado Ptolomeo, sino que lo hacen de otra forma. Si Galileo tuvo problemas, fue porque esta simple observación se entrometía en el sistema de valores dominante en su sociedad, algo que, en realidad, debió satisfacer enormemente a un espíritu rebelde como el suyo. La historia de su procesamiento, en su versión más simple y esquemática, se cuenta una y mil veces para defender toda clase de argumentos. Aunque, teniendo en cuenta la convulsa Europa en la que se desarrolló la revolución científica, quizás no le tocó la peor de las suertes al toscano. El fanatismo de quienes lo condenaron, si bien deplorable, parece un juego de niños comparado con el que sufrió, en la Alemania protestante, su colega Johannes Kepler.

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Científicos españoles que triunfan en el extranjero

En EE.UU., Alemania, Francia, Japón o Reino Unido, numerosos españoles ocupan o han ocupado los puestos más altos del escalafón de la Ciencia

Juan Luis Arsuaga, Ignacio Cirac y Mariano Barbacid son algunos de los científicos españoles que triunfan en el extranjero

La crisis, dicen, se está llevando por delante a la Ciencia en España. Presupuestos cada vez más exiguos, programas más limitados, fondos cada vez menores y pocas o nulas posibilidades para los jóvenes investigadores contribuyen a que en España, el panorama de la Ciencia sea cada vez más sombrío.

Sin embargo, eso no quiere decir que en nuestro país no haya habido, y haya actualmente, científicos brillantes, investigadores que han destacado y destacan en todos los campos del conocimiento, desde la física cuántica a la paleontología, la medicina, las neurociencias, la genética, la biología… A menudo, por desgracia, el reconocimiento no ha llegado a esos investigadores desde dentro de nuestras fronteras.

En Estados Unidos, en Alemania, en Francia, Japón o en el Reino Unido, numerosos españoles ocupan o han ocupado los puestos más altos del escalafón de la Ciencia. Algunos, como el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, co director de los yacimientos de Atapuerca, ni siquiera han tenido que salir de nuestro país para obtener reconocimiento y prestigio internacionales. Otros, como el físico Ignacio Cirac, una de las máximas autoridades mundiales en computación cuántica, ha labrado su éxito en el extranjero, en el prestigioso Instituto Max Planck, en Alemania. Y si bien es cierto que este científico español recibió un premio Cervantes de investigación, también lo es que el galardón le fue otorgado por trabajos que en España nunca habría podido desarrollar.

De la misma forma, podemos encontrar más de cien nombres españoles en la plantilla de los varios experimentos del LHC, el gran acelerador de partículas en cuyos anillos de colisión, de 27 km. de diámetro, se desvelaron el año pasado los secretos del bosón de Higgs; o en el prestigioso Hospital Monte Sinai, de Nueva York, donde dos españoles (el oncólogo Josep Domingo-Domenech y el jefe de departamento de Patología del hospital, Carlos Cordón-Cardohan) acaban de descubrir un mecanismo que permitirá atacar a las células madre tumorales, consideradas «el talón de Aquiles» del cáncer.

Si recurrimos a las cifras, y a pesar de la situación actual, se podrían encontrar razones para la esperanza. Pero veamos. En 2012, España ocupó el décimo puesto en la clasificación mundial de producción científica, y el undécimo en la de documentos citados por otros investigadores. Y resulta que en áreas tan dispares como son las ciencias del espacio, las matemáticas, la agricultura, la física, la ingeniería o la medicina, el índice de especialización en nuestro país es, según las áreas temáticas definidas por la Agencia Nacional de Evaluación y Perspectiva (ANEP) superior a la media mundial. Lo cual no quita que en la actualidad estemos a la cola de las naciones industrializadas en lo que se refiere a la inversión en Ciencia.

Descubrimientos «made in Spain»

A pesar de ello, la historia es tozuda y muchos son los descubrimientos que se deben a científicos españoles. La vacuna contra el cólera, por ejemplo, existe gracias a los esfuerzos de Jaime Ferran i Clua (1851-1929), un eminente bacteriólogo español nacido en la provincia de Tarragona. Sin abandonar el campo de la Medicina y remontándonos al siglo XVI, encontramos al oscense Miguel Servet (1509-1553) que descubrió la circulación sanguínea y fue condenado en Ginebra a morir en la hoguera por negar la Trinidad. Por no hablar del aragonésSantiago Ramón y Cajal, que obtuvo el Nobel de Medicina en 1906 por descubrir cómo funcionan y se conectan las neuronas en el cerebro. Más recientemente, el asturiano Severo Ochoa sentó muchas de las bases de la actual biología molecular, y por ello fue galardonado también con el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959.

Apenas un año antes, en 1958, otro español estuvo nominado para los Nobel (esta vez de Física), por sus trabajos sobre la radiación cósmica, rayos de partículas subatómicas extraordinariamente energéticas procedentes del espacio exterior. Se trata del abulense Arturo Duperier, el mejor discípulo de otro gran científico español, Blas Cabrera, que intentó con todas sus fuerzas comprender las propiedades de la materia.

En el año 1809, cincuenta años antes de que Charles Darwin publicara su «Origen de las especies», la obra de otro científico español, Félix de Azara, veía la luz bajo el título de «Viajes por la América Meridional». En ella, Azara manejaba sin ambajes el concepto de evolución y describía 448 especies observadas en sus viajes, 220 de ellas completamente nuevas para la Ciencia. El propio Darwin, en sus obras, dedica más de veinte citas a este precursor español de su famosa teoría evolutiva.

En Estados Unidos, el prestigioso departamento de Ciencias Biofísicas de la Universidad de Houston fue creado por el bioquímico españolJuan Oró, que además de participar en varios proyectos históricos de la NASA, entre ellos el Programa Apolo a la Luna y el programa Viking, a Marte, fue uno de los precursores de la moderna teoría de la panspermia, según la cual la vida no se originó en la Tierra, sino en el espacio, para llegar después hasta aquí (y quizás también a otros mundos) a caballo de meteoritos y cometas.

Más recientemente, el bioquímico madrileño Mariano Barbacid, director del departamento de Oncología del Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU, fue el primer científico que consiguió aislar un oncogen, esto es, un gen humano mutado y capaz de causar cáncer.

La lista de los descubrimientos protagonizados por españoles es larga y abarca todas las épocas de nuestra historia. Incluso en los turbulentos tiempos actuales, centenares de investigadores nacidos en nuestro país se afanan, dentro y fuera de España, por hacer que el conocimiento avance un poco más en las más variadas disciplinas. El reto que tienen por delante es enorme, y los ejemplos de quienes les precedieron en la tarea dejan el listón muy alto. De todos depende ahora que nuestro genio, nuestra capacidad creadora y de innovación no se convierta en el simple recuerdo de un pasado que no volverá.

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